ACOMPAÑADOS
Yo nunca había ido a ese lugar, en realidad a ningún cabaret había ido, y desde entonces no lo he vuelto a hacer tampoco.
Llegamos a un lugar oscuro, con unas mesas, cumbia y cuarteto de fondo, unas mesas de pool, unos tipos con cara al mejor estilo Redneck’s (assperos) y unas señoritas ligeras de ropa bailando con otros señores.
Se nos acercó un tipo, nos pregunto que íbamos a tomar. Pedimos birra, que nos la trajo junto a dos vasos cortitos, como los que uno a veces tiene en la casa, que son bien berretas y tienen unas formitas raras, todos tienen de esos, los mas comunes. Esto para dar cuenta de la clase de lugar donde nos metimos.
Nos sorprendimos del precio de la cerveza, era muy barata, casi al costo la vendían.
Y hasta ahí todo tranquilo.
Redepente, dos corpulentas damiselas se nos acercaron y posaron sobre nuestras faldas y comenzaron a darnos charla. Terminando nuestra bebida, nos dijeron si íbamos a pedir otra. Les dijimos que si, claro, como que no.
Lo que no conocíamos era el termino “con acompañante”, la misma barata cerveza ahora costaba exactamente 5 veces mas.
Las chicas nos charlaban, no recuerdo bien de que en ese momento.
Quién aposentaba en mi regazo me dice dulcemente:
- Estas incomodo bebe?
Mi respuesta fue un vaivén con mi cabeza, no de si, tampoco de no.
- Querés que mejor me siente en una silla?
Ahí si asenté con mi cabeza. Es que realmente estaban sobradas de carne las mujercitas.
Y mientras seguíamos tomando la cerveza ella me hablaba sin parar; yo la escuchaba pero no le daba mucha bola, me hacia el que si, no era difícil solo mantenía los ojos abiertos, y movía la cabeza como los perritos feos que suelen poner en el torpedo o luneta del coche.
Pero mi cabeza estaba ocupada pensando:
- Que hora es? Con cuantos habrá estado esta noche ya? Que cosas le habrán hecho? Y mierda que es fea la misionera esta.
Además no estaba para esas andanzas, yo en esos días disfrutaba de la compañía de una señorita muy linda que se había adueñado de mi corazón, mi primer amor. Así que lo último que iba a hacer era cruzar la puerta del pasillo oscuro ese que se veía a un costado, acompañado de un “matuasto” para que me saque plata, porque con el estado que tenia como mucho lo que iba a lograr sacar era pendejos de entre sus dientes intentando que le pase algo.
Luego todo cambio y logro captar toda mi atención en las cosas que me contaba.
Me empezó a contar del rubro, los gajes del oficio digamos, de las cosas que le pedían, los regalos que les daban y otras trivialidades para sorprenderse reírse.
Y yo le dije, mirá, yo no voy a ir a ningún lado con vos, así que si vos querés anda si tenés que laburar o algo, yo me quedo piola a tomar mi cerveza. Ella me dijo que no, que prefería quedarse, yo le pregunte de nuevo y ella me lo reafirmo.
Entonces la conversación fue cambiando de tono, me dijo su nombre y tristemente ella empezó a contarme que venia de Misiones, que había estado en muchos lugares, que otra hermana de igual forma se prostituía; me narró los maltratos que sufrió, los engaños, me hablo de drogas también de amor.
Ella me pregunto si conocía a alguien. Y yo le conté, que estaba con alguien y empecé a hablar de mi chica, de cuanto la quería y como la valoraba.
Ella sanamente envidió a mi pareja. Y con dulzura me miraba cuando yo hablaba de ella. La nostalgia y una profunda tristeza predominaban en sus ojos.
Es inenarrable contar mucho menos que yo puedo recordar como me gustaría toda su historia.
Pero den por hecho, que aunque ese fue mi único contacto con una trabajadora sexual, para mi fue suficiente para tenerles a todas, no solo a ella, no pena, si no respeto. Muchísimo respeto.
Es extraño, como yendo a un lugar donde supuestamente va en busca de un servicio, termina escuchando una historia tan fuerte y como uno, termina siendo de oreja psicológica de alguien.


