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La vieja desteñida desdentada, en la ventana una sonrisa me desdentaba


A ella la mire de una forma distinta, llamaba mucha mi atención, y yo cordialmente solo le hable sin desdibujar la amplia sonrisa de mi boca; su piel, cobriza trigueña, color tierra mezclada con el crepúsculo poniente, y tantas arrugas, como grietas de la tierra; su boca pequeña, con sus labios hacia adentro, como de haber chupado el acido limón social, de haber callado su boca por tantos años; su pelo negro ya desteñido entre canas, desaliñado, sucio y finito, pero que alcanzaba a cubrir el frio de su cabeza. Pero sus ojos. Sus ojos, color ceniza, brillantes, muy profundos, no eran ojos normales, no eran los ojos tristes de un mendigo, a pesar de que lo hacia, tampoco los de un loco, a pesar de que si lo estaba (o no, quien soy ahora yo para juzgar sobre la “locura ajena”), no, sus ojos, que eran dos bien abiertos, eran profundos oscuros-claros, iluminados apagados, eran blancos-negros, eran grises; con una historia larga pero cansada de contar, ojos sin nada por decir y todo por decirlo.
Todo eso cautivase en mi de la vieja desteñida.
Ella me obsequio sus manos, ella me las tomo sin preguntarme y sin sacarme la vista de mis ojos.
Yo cedí, sin pensarlo, solo deje que sus manos pequeñitas, y rasgadas del trabajo rustico me tomen aun así tan delicadamente y suave.
Seguro que mis ojos estaban grandes, oscuros porque no andaba en buenos días, pero en esa emoción deben haber estado muy brillantes; sonreía casi riendo, no de ella, para nada, si no de la situación, que no comprendía, simplemente la vieja me hizo sonreír y mirarla dulcemente.
Espere una eternidad a que me pidiera lo que necesitaba, pero cuando lo dijo yo continúe en monótono en aquella conexión, ella también espero ahora, hasta que reaccione y distinto a otras veces me dirigí a mi alacena de estudiante en la cual pensé que no tenia nada y saque un paquete de galletas.
Volví a la ventana, y me pregunto, con su voz tan autóctona, quebrada, simple y dulce pero esforzada:
-¿que haces?
-estudio en la universidad, comunicación.
- Vos tenés que hacer de esos que están en la tele, esos si ganan mucha plata, pero tienen que ser güapasos, jóvenes, grandotes, hermozasos, vos sos así, vos podrías hacer eso, pareces inteligente tambien; se gana mucha plata con eso.
Yo solo reí tímido, le asentí con la cabeza, ella me dijo que lo piense y se despidió de nuevo tomando mis manos, agradeciendo por las galletitas, que yo no se las regale, se las cambie por un momento extrañamente lindo.
Ella tenía su mundo, ella tenía su visión, su modo de ver, donde las palabras sin sentido son las nuestras articuladas y en donde la ventana quizás deja a nosotros afuera, y ella es quien esta dentro.